Sobreviviendo a Marruecos. Día 7: Chefchaouen-Assilah

by - febrero 28, 2022

 LA TRANQUILIDAD TAMBIÉN EXISTE


Pronto sonaron los despertadores, pero la música exterior nos decía que volviéramos a acostarnos. Llovía a mares y salir a dar una vuelta habría sido como tirarse a la piscina en invierno. Después de un buen rato dormitando vimos que la cosa arreciaba, así que preparamos todo el equipaje y nos enfundamos en nuestras ropas de abrigo. Subimos a la azotea para contemplar a la luz del nuboso día qué nos encontraríamos al salir. Fue cruzar la puerta e instantáneamente nuestros ojos despertaron. Una marea de colores blancos, azules y anaranjados estaban custodiados por unas montañas teñidas de blanco, la estampa era para no olvidar. Tras inmortalizar el paisaje decidimos no demorarnos más en la visita a ese pueblo con tintes andaluces.
 
Chefchaouen desde el hotel andaluz
Sus calles blancas contrastaban cada dos pasos con ventanas, puertas o paredes azules, el caótico mapa hacia aún más bonita aquella ciudad. La lluvia volvía poco a poco a sentirse importante y Ruth y Luis se impacientaban por llegar a tiempo a su vuelo. Después de vaguear sin rumbo, perdernos por las callejuelas y hacer unas cuantas fotos, acabamos en una plaza en la que divertimos al personal con nuestros saltos y gritos bereberes bajo la lluvia. Era la hora de ir a desayunar así que nos acercamos al restaurante de la noche anterior, para desgracia nuestra aún estaba cerrado, por lo que volvimos hacia la plaza principal donde servían también desayunos baratos. Por el camino nos encontramos con el cocinero y regateamos con él el precio para volver al restaurante, le convencimos y en el ático esperamos a ser servidos. Como venía siendo habitual, nos hinchamos a desayunar todo lo que nos trajeron, nuestros estómagos acabaron agradecidos y nuestros paladares aún más. 
 
Cuando la lluvia dio un respiro

El encanto de Chaouen

Saltando bajo la lluvia

Chefchaouen

Después de la típica charla sobre futuros viajes, volvimos al hotel a por los bártulos y “pal” furgoneto. Marta fue quien condujo esta vez. La lluvia no paró hasta casi llegar a Tetuán donde un sol de justicia hizo acto de presencia. Cogimos la carretera hacia Tánger y llegamos con la hora en los talones sabiendo que aún teníamos que encontrar el aeropuerto. Preguntamos a un guardia y nos indicó, no parecía muy complicado. La impresión que nos dio la ciudad al cruzarla fue de europea total, grandes bloques de pisos y gente “europeizada” por las calles, por unanimidad decidimos terminar nuestro viaje en Assilah. Después de un buen rato llegamos al aeropuerto con unos cuantos minutos de ventaja al cierre de la facturación. Despedida exprés del par de dos y los cuatro “survivors” pusimos rumbo a Assilah, yo hice de conductor esta vez. Decidimos hacer uso de la autopista ya que por un módico precio nos evitamos cruzar ciudades y malas carreteras. Por el camino fuimos decidiendo a qué hotel ir en base a lo que las guías nos contaban. En un periquete llegamos al pueblo, aparcamos frente a una iglesia cerca del mar. Tras ubicarnos en el mapa fuimos al hotel, nos enseñaron las habitaciones y elegimos a nuestro gusto, por desgracia volvía a no haber calefacción. Pasamos por el coche a pillar los macutos, los dejamos en el hotel y salimos a visitar el pueblo y buscar un buen lugar para comer. La primera impresión del paseo marítimo junto al puerto fue de tranquilidad, pero también de suciedad en los aledaños de los malecones. El restaurante que buscábamos estaba cerrado por obras, así que fuimos hacia la zona de las murallas donde había unos cuantos para elegir. Por allí había más ambientillo, pero no se respiraba el agobio de grandes ciudades como Fez o Marrakech. Ya se nos acercó algún lugareño a ofrecernos pastas y sitio en restaurantes. Echamos un ojo por la zona y nos decidimos por uno, el lugar estaba plagado de gatos y eso era buena señal. Marta se pidio un tajin de kefta y nosotros una parrillada de fritura de pescado para tres. Madre mía cuando apareció el camarero con semejante bandeja, había no menos de 15 peces: doradas, san pedros, jureles, calamares…Fue probarlo y cerciorarnos de que habíamos acertado de pleno con el sitio, ¡qué gloria de pescados!
 
Nuestra suculenta comida
 
A mitad de la comida se nos acercaron un par de vendedores de pasas caseras y les emplazamos a que vinieran cuando hubiéramos acabado con nuestro festín.  Ya con el estómago a reventar, los más de 15 gatos se pusieron las botas con nuestras sobras y el par de vendedores llegaron para pelearse con sus clientes, nosotros. El duelo terminó con una caja de regalo y unas cuantas cajas que compramos para llevar a España, al perdedor como consuelo le compramos unas pastas para comer en el día. Antes de levantarnos de la mesa una abuelilla nos vendió unos trozos de almizcle blanco y creo que si cualquier otro personaje se hubiera acercado también le habríamos comprado lo que fuera siempre que nos ofreciera un buen precio. Llegaba la hora de visitar la villa pesquera, cruzamos sus murallas y las paredes blancas nos apabullaron. Yo me sentí en una isla griega pero a lo moro, daba gusto pasear por allí con el buen tiempo que hacía. Aprovechamos nuestro último día de viaje en ultimar compras y gastarnos dirhams en regalos y adquisiciones propias, desde una chilaba hasta una mochila de cuero. Caminamos hasta el mirador junto al mar y cruzamos por el alto espigón. Las vistas merecían la pena gracias al inmenso mar. Allí, unos personajillos estaban dando la turra con música y danza tradicional, así como con unos sombreritos muy graciosos. Dea y martika se pusieron a hacer el tonto con ellos y les echamos 70MAD por el espectáculo, nos pidieron como 2€ a lo que les respondí que con lo que les habíamos echado tenían para unas patatas fritas. Nos fuimos. 
 
 
Murallas de Assilah junto al mar

Callejeando

El solete hizo su presencia

Volvíamos hacia la zona del hotel cuando entramos en una tienda y nos hinchamos a comprar cosas que íbamos bajando de precio al ir añadiendo una y otra, nos dio por ahí, fue nuestro último estertor del regateo. Fuera de las murallas un moro que trabajaba en Mondragón nos contó un poco su vida, más adelante nos encontramos con el colgao del pueblo (indescriptible) al pararnos a observar a unos lindos gatitos. Retornamos al hotel consiguiendo huir del colgao que la verdad era para verlo. Tras un rato de reflexión, charla y alguna que otra oración (chilaba incluida) bajamos en busca de cena. Fuimos a un bareto de al lado y nos dieron bastante bien de cenar. Una vez en el hotel nos peleamos con el puto frío de mierda y conseguimos dormir sin morir congelados, el viaje terminaba, nuestros últimos sueños en Marruecos.

 

EPÍLOGO

El día se levantó triste, casi tanto como nosotros porque nos íbamos. Después de empacar todo y desayunar pusimos rumbo al aeropuerto que el día anterior habíamos visitado. Paramos nada más a llenar el depósito y limpiar un poco el rozón y dejamos el coche aparcado en el parking del aeropuerto. Cuando entramos a buscar la oficina de Europcar vimos que estaba cerrada, yo me moví un poco buscando a alguien a quien preguntar y de paso para vaciar la vejiga. A mi vuelta éstos ya habían dejado las llaves y los papeles en el mostrador, eso nos dijeron que hiciéramos unos personajillos de otras compañías. Europcar no trabajaba los domingos. Así que podíamos haber entregado el coche siniestro total que nadie hizo amago de comprobarlo. La espera en el aeropuerto se hizo un poco larga, más si cabe cuando tuvimos que hacer cola dos veces ya que aunque no se facturara había que pasar por facturación. Después de pasar un control muy exhaustivo (cacheo masculino incluido) esperamos a embarcar. El viaje llegaba a su fin, el vuelo transcurrió sin sobresaltos y ya pisábamos suelo madrileño. Viajecillo en metro y al fin en casa. 

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