Sobreviviendo a Marruecos. Día 3: Boumalné du Dades-Garganta de Todra-Erg Chebbi

by - febrero 05, 2022

EN BUSCA DE LOS REYES MAGOS

Con el cielo oscuro, la habitación helada y con mi novia llena de picaduras, supusimos de pulga, me levanté el tercer día de viaje. Marco ya se había duchado y pronto llegaron los demás de la habitación de en frente (paradojas de la vida). Desayunamos en la habitación un par de historias que habíamos comprado el día anterior, recogimos los macutos y nos metimos en nuestra furgo. Aún quedaba un poco para amanecer, serían las 6:30 y Marta puso rumbo a la garganta del Todra. Poco a poco el sol iba tintando las nubes de un naranja hipnotizador para posteriormente aparecer en el horizonte con todo su esplendor. El Atlas se veía nevado, aparte de eso, el paisaje era desolador, de tanto en cuanto cruzamos algún mini pueblo. 
 
Conduciendo al amanecer
 

Llegamos a Boumalné du Dades y a la altura de un mirador paramos el carromato. Las vistas eran preciosas, una ciudad enclavada en el encantador valle del Dades, rodeada de palmeras y secas montañas. Yo me escapé a echar unas fotos ya que decidimos hacer una para técnica más larga, para tomar café y comer algo. Cuando vuelvo hacia el restaurante me encuentro con que Marta, al intentar aparcar mejor la furgo, casi se carga el techo del parking con el consecuente bollo y rozón amarillo en el coche, ¡vaya liada! Parar ahí, exceptuando el golpe del coche, fue todo un acierto. Al final nos animamos a desayunar como dios manda y ¡vaya si lo hicimos! Que si zumo recién exprimido, nuestro colacao, bollos, pan con mantequilla y mermelada y unas golosas torrijas (o algo parecido). Con el estómago lleno proseguimos la ruta. 

Boumalné du Dades

Para ir a la garganta del Todra hay que pillar un desvío en Tinerhir a la salida de la ciudad, a partir de ahí nos creímos parte de un “belén”. Casas de adobe, palmeras, dromedarios y burros en vez de coches, solo echamos en falta la estrella que nos indicara la dirección correcta. Paramos en un mirador y fuimos avasallados por lugareños con subvenirse y dromedarios, fotos y de vuelta al coche. La carretera resultó ser una continuación de curvas y más curvas, con subidas y bajadas llenas de burros y gente a la que esquivar. Una vez llegamos a la garganta flipamos con la altura de los peñascos, el sol casi ni entraba en el lugar. Aparcamos el coche en medio de la garganta en un ancho del piso, que por cierto estaban arreglando o desviando o yo que se qué, pero había máquinas y obras. Al bajar corría un biruji de cojones, nos abrigamos bien y a usar nuestras cámaras. Al otro lado del pequeño río había más casas, lo curioso es que no se avistaba ningún puente, de repente suena un claxon y un coche cruza a toda velocidad el río dejándonos ojipláticos. 

Casitas del "Belén"

Yo de jóveno en la garganta

Garganta de Todra

Contentos con la visita volvimos al “Hummer” me puse al timón y con paciencia empezaba nuestra cruzada hasta Merzouga, puerta del pequeño desierto de Erg Chebbi. La pelota amenizó bastante el trayecto, al igual que las tonterías que se nos iban pasando por la cabeza a Marco, Dea, Fish y a mí, ya que las otras dos dormían al fondo de la furgoneta. El paisaje se fue tornando cada vez más desértico y de tanto en cuanto aparecía un pastor de cabras o algún dromedario a su puta bola.
Llegó el momento crítico del trayecto, entrábamos a territorio rissaniano y lo teníamos que cruzar sin ser engañados. Todas las guías que poseíamos avisaban de la picaresca de los habitantes de esta ciudad, que tras inaugurar la carretera a Merzouga sus vidas se dedicaron en cuerpo y alma a confundir a los turistas borrando carteles y asegurando a los incautos que la citada carretera no existe, todo ello por supuesto para ofrecerte sus servicios y obtener así unos Dirhams. Cruzamos el arco de entrada con las ventanillas bajadas y seguros del coche dados, pero en cuanto llegamos a un cruce fuimos objeto de la picaresca. Una señal indicaba a la izquierda tres lugares escritos en árabe que por distancia no podían tratarse de Merzouga, a la derecha no había indicación…buff. Al pararnos y dudar ya se nos acercó el primer Rissaniano, ni siquiera bajamos la ventanilla, nos hacía gestos para que bajáramos la ventanilla y nos indicaba a la derecha, huyendo sin pensar cogí la derecha y aparecimos en medio del zoco, ya nos la habían liado y de hecho nos seguía para asaltarnos. Hábilmente huí y volví al punto de partida alejado del gentío. Gracias al mapilla de la Lonely pillamos la dirección correcta, que era la izquierda, los cabrones habían borrado el nombre de Merzouga. Ya casi a la salida del pueblo otra vez nos encontramos con u cruce, Merzouga medio borrado pero algo se atisbaba.
Después de la huida rissaniana paramos a echar un pis antes de encarar la carretera hasta Merzouga. No tardó mucho en hacer acto de presencia, a lo lejos, a nuestra izquierda el rojizo desierto nos daba la bienvenida. 

Dunas de Erg Chebbi (Desierto Sáhara)

Llegamos hasta Merzouga, un pueblecillo de casas de adobe a los pies del desierto y nada más entrar ya teníamos a 4 bereberes rodeándonos. Cerramos las ventanillas y hablamos entre nosotros antes de negociar cualquier cosa con la gente. Nada más bajar la ventanilla se acerca un hombre y nos dice “¿No queréis hablar con hombre bereber? Españoles y Sáhara hermanos”. 

Ahí empezó su perorata…

El bereber expuso sus cartas, nos ofreció alojamiento y visita al desierto y demás, pero que para discutir las cosas nos acercáramos a su albergue, que estaba al pie de la duna. Nos dijo el nombre y nos sonaba de que aparecía en la guía, así que seguimos a la especie de moto y llegamos hasta “La Tradition”.
Al bajar nos acomoda y nos sirven el ya conocido té de menta, a partir de ahí comenzaron las duras negociaciones, nuestros intentos de fichar a Cristiano Ronaldo iban por buen camino. Al final cerramos el trato cuando creíamos que nos iban a rechazar nuestra última oferta, típico del país, y esperamos al 4x4 que nos llevaría a ver un lago y luego hacia las dunas. Pasaríamos la noche en jaima y daríamos una vuelta en dromedario a la mañana siguiente.
Tras preparar las mochilas de asalto y comprar agua embotellada llegó el ansiado 4x4. Entre botes, golpes, risas y chichones cruzamos terrenos áridos hasta llegar a lo que no pensábamos encontrarnos ahí, un lago bastante grandecito. Se suponía que íbamos a ver aves y animales, pero lo único que había eran vendedores de veteasaberqué. Las nubes y el cielo azul reflejados sobre el agua en calma y el sol radiante eran todo un espectáculo visual. No pudimos “perder” mucho tiempo, se hacía tarde y de ninguna manera queríamos obviar el atardecer sobre el desierto.  

El lago, el reflejo y las dunas al fondo
 
Después de otro largo camino de botes y cabezas agachadas, llegamos a nuestro destino. Estábamos al otro lado de la gran duna, a los pies del Erg Chebbi. Recogimos las mochilas, repartimos las botellas de agua y seguimos a nuestro guía. Hassan, que ese era su nombre, se echó un saco al hombro y empezó a subir dunas con una facilidad tal que daban ganas de mirar a ver si tenía pezuñas o zapatillas. Ninguno pudo seguirle el ritmo, poco a poco fuimos formando una hilera de a uno. Yo iba justo detrás de nuestro guía bereber flipando con las vistas y disfrutando de la caminata, se iban abriendo huecos también entre nosotros…nuestra forma física dejaba bastante que desear. Cuarenta dunas y tres kilos de arena dentro de las botas después, llegamos a lo alto de una duna donde nos esperaba Hassan. Allí nos explicó que él iba a la jaima y que luego volvería a por nosotros, que donde estábamos se vería bien la puesta de sol. 

Hassan por las dunas

Rezagados

Escalamos un poco más y nos tiramos en una de las dunas. Nos deshicimos de las mochilas y fue entonces cuando comenzó el gozo. Una montaña al fondo nos separaba de Argelia, al frente el sol cada vez más bajo, un cielo azul imponente y unas dunas anaranjadas. La sensación de no escuchar nada, de sentir por primera vez en tu vida el silencio, fue tan bonito o más que el cuadro de nuestro alrededor. Se sucedieron las mil y una fotos, el retozarse en la fina y limpia arena y el preparar nuestras cámaras para un ocaso tan diferente. Volvió Hassan y nos dijo que subiéramos un poco más, que las vistas serían mejores, pero una vez arriba se divisaba más allá una duna pequeña donde la estampa sería más bonita. Así que corrimos para allá mochila al hombro, hundiendo nuestras piernas hasta las rodillas en la arena y siguiendo a nuestro bereber todotrerreno. En todo este trasiego hubo varias bajas de caídas y comidas de arena, así como la cámara de Fish que decidió reposar en la inmensidad del desierto, gracias a dios fue rescatada por los que venían por detrás. 

En lo alto de la duna

El desierto

Nuestra vista cada vez iba perdiendo luminosidad, casi no se apreciaban algunos turistas caminando a lo lejos, el sol se iba escondiendo a marchas forzadas hasta dejar una estela nada más, momento en el que unos gilipollas andaluces no se les ocurrió otra cosa mejor que liarla con su 4x4 y ponerse a pegar gritos sin sentido interrumpiendo toda tranquilidad…el cabreo fue mayúsculo. Nos temíamos lo peor (el tenerles en el mismo campamento) pero por suerte nuestras jaimas estaban más apartadas que las suyas. Después de que dea decidiera probar el sabor y textura de la arena magrebí, fish y yo nos quedamos un rato más a contemplar la llegada de la oscuridad y echar alguna que otra foto. Ya les alcanzaríamos más tarde. 

El sol cayendo

Al llegar a nuestra jaima conocimos a Mohamed, el hermano de Hassan. Nos pusimos cómodos y organizamos el chiringuito como mejor pudimos. Disfrutamos bastante de la estancia charlando entre nosotros y hablando mil cosas con Mohamed, que incluso nos enseñó un par de palabras en bereber. Ya era noche cerrada y para desentumecer las piernas salimos de la jaima, jamás habría podido imaginar aquel momento. El tupido manto de estrellas nos arropaba y despertaba nuestro interés por la astronomía, fue una sensación fascinante, una gran obra de arte a la que observar o que nos observaba. Después del embobamiento llegaron las ganas de cenar, pero aún quedaba tiempo así que matamos el hambre hablando a la luz de las velas.
Llegó el tan ansiado tagin que engullimos como muertos de hambre, de postre unas mandarinas triposas que nos hicieron reír cual hachís del país. Tanto fue así, que a rutty le dio un mal y en cuanto se le pasó, decidieron quedarse descansando allí. Marco, dea y yo decidimos que había que disfrutar un poco más de esa noche de reyes tan especial, así que nos fuimos al calor del fuego donde todos los jóvenes guías se habían unido para tocar bongos, guitarras y unas castañuelas típicas de allí. Disfrutamos de la música e incluso tocamos un poco nosotros y otros turistas canarios, nos marcamos la típica macarena entre traguitos de arehucas. Llegó el cansancio y decidimos volver a la jaima. 
 
Música alrededor del fuego

Los cabrones durmientes no nos habían dejado la vela a mano y las pasamos canutas para organizarnos. Por fin localizamos la vela y apañamos lo que sería nuestra cama con sacos y mantas, por el momento el frío era ausente, pero quedaba mucha noche por delante. Fue intentar dormir y un ronquido cual gemido de dromedario cabreado nos impidió conciliar el sueño. Creyendo que se trataba de Marta, la solución era fácil, tan solo hay que tocarla y “vualá” se despierta al instante. Pero no, Marta fue tocada y el ronquido seguía sonando para la estupefacción de propios y extraños, descubrimos que se trataba del dromedario Fátima, alias rutty. Hubo que despertarla y ya más o menos la cosa se calmó. La tranquilidad solo fue enturbiada por alguna ráfaga de viento que penetraba por un agujero con forma de cabeza de dromedario que fish apañó no sin antes pegarnos unas buenas risas a su costa. Se hizo todo el silencio posible (burros y dromedarios no cuentan) y caímos en brazos de Morfeo.
 

Puedes encontrar más info y un resumen del itinerario pinchando aquí

 

Itinerario

Día 7. Chefchouen-Aeropuerto Tánger-Assilah

 

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