India y Nepal: Un Viaje en el Tiempo. III:Agra-Orchha

by - septiembre 07, 2022

 Capítulo III: Un destello blanco entre la mierda


A las 5:30 de la mañana conseguimos ponernos en pie y vestirnos para ir a visitar el archiconocido Taj Mahal. El sol aún no había salido pero la claridad era suficiente para poder visionar desde la azotea del hotel el impresionante edificio. 

Taj Mahal desde la terraza de nuestro hotel


No tardamos en salir a la calle cruzando por el dormitorio de los trabajadores del hotel, que no es otro sino la recepción y entrada del mismo. Al fin veíamos Agra a la luz del día y la misma sensación de suciedad y pobreza seguía patente en esas latitudes, no era cosa de las grandes ciudades al parecer. Eso sí, pese a tener un millón de habitantes, la sensación era de estar en un pueblo hiperpoblado, quizás fuera esa zona. Llegamos hasta la puerta oeste que es la que abre a las 6:00 am, compramos las entradas en la taquilla asombrados por la exagerada diferencia de precio entre extranjeros (750Rp) y nacionales (20Rp). Me parece bien que se amolden los precios para que los indios no se las vean canutas para poder pagar entrada, pero tanta diferencia se me antoja un sacacuartos. Otra cuestión que me planteé en ese momento es la poca predisposición que el país tiene para el turismo, estábamos a las puertas de uno de los monumentos más visitados del mundo (no se si el más) y tocaba pagar esos 12.5€ a tocateja en unas taquillas dignas de una entrada a una carrera de cucarachas. ¡Qué les costaría poner un pago con tarjeta y adecentar un poco la zona! (espero que a día de hoy 2022 esto ya esté mejorado)
Con la entrada nos dan un botellín de agua y cubrecalzado, ya que hay que usarlo para pisar el templo o bien cuando se vaya a visitarlo entrar descalzo, no así en su exterior. Llegamos a la entrada con cola para hombres y cola para mujeres, con su consiguiente cacheo e inspección de bolsas y mochilas. Allí nos fueron confiscados linternas, chicles y un trípode para la cámara, artículos peligrosos con los que cualquier McGyver de la vida podría realizar el mayor atentado de la historia. Debido a tal importunio nos tocó llevar las cosas prohibidas a una taquilla, taquilla que por supuesto estaba al lado de la entrada si tienes bicicleta, porque patear durante casi 10minutos para ir hasta unas taquillas pudiendo haberlas puesto al lado de la entrada, toca, cuanto menos, los cojones. El cabreo hacia la inorganización india fue in crescendo al tener que comernos una cola en las taquillas y tener que pagar por ella (en la lonely pone que es gratis), además a la vuelta nos tuvimos que chupar la cola (que ahora ya era gigante) para entrar. La de chicas avanza rauda y veloz y en la de tíos parece que cada vez hay más gente delante de ti, porque como quien no quiere la cosa se van colando todo tipo de indios con sus tuppers, cazuelas y vasijas de chai, que por supuesto están más que admitidas. Gala nos esperaba hacía casi media hora dentro del recinto, eran las 6 y pico y el calor que hacía era impresionante, ya estábamos sudando a mares. Por lo menos, al cruzar la puerta se te quitan todos los cabreos de encima. La primera vista te deja boquiabierto y el día acompañaba, el cielo aunque algo nuboso, estaba bastante despejado y los primeros rayos de sol hacían de perfecto foco para la musa. 

Los primeros rayos sobre las paredes de la musa

¿Se puede ser más bonito?


La visita transcurrió entre foto y foto, unos cientos de indios, guiris y algún que otro español. Subimos al templo ya descalzos a pisar el suelo de mármol, las zapatillas las dejamos al cuidador. Dentro del templo la verdad que no hay nada, un par de falsas tumbas que casi ni se ven. Lo que da gusto es estar descalzo sobre el mármol y admirar de cerca los detalles del blanco edificio. Poco a poco el día se fue nublando más, pero aún así es mejor verlo nublado que lloviendo. Nos acercamos al río y nos sentamos frente al Taj, a los 5 minutos casi sin darnos cuenta estábamos rodeados por una marabunta de indios sacándonos fotos, en ese momento nos convertimos en un monumento más. Saliendo ya de lo que es el templo fuimos asaltados por el archiconocido ruido de la vida, ese que se genera allá donde el intestino deja de serlo, alarmados por tan estruendoso reclamo nos dimos cuenta de dos cosas: una que estábamos en la India y dos que los pedos suenan igual se los tiren negros, chinos o indios cojos como fue este caso. La visita tocaba a su fin, el calor comenzaba a ser asfixiante, las pérdidas de agua incalculables y el cansancio se estaba apoderando de nosotros. La visita bien se puede hacer en una hora, pero la verdad que agradecimos el estar tirados sobre el mármol y el pasear y mongolear un rato por los “jardines”. Salimos del monumento y fuimos a recoger nuestras pertenencias requisadas, el pueblo ya había amanecido y los vendedores ambulantes detodotipodecosas te dan la vara una y otra vez, sobre todo chiquillos con llaveros y cosas por el estilo. Volvimos al hotel a desayunar con las vistas del Taj de fondo, la verdad que un enclave privilegiado si no fuera por la temperatura, al menos el lugar tenía tejabana. La leche con cereales que pedimos Gala y yo resultó ser un cuenco con cereales, una taza vacía y una tetera llena de un líquido blanquecino con tropezones amarillentos flotantes, lo que se dice una leche muy apetecible. Evidentemente la supuesta leche ahí se quedó y optamos por comernos los cereales a secas con un poco de los gigantescos cristales de azúcar. 
 
Mi foto con el Taj Mahal

La parte de atrás del templo

Estábamos muertos así que decidimos tirarnos una horita larga en la cama a descansar. Yo no llegué a dormirme, aunque estas tres sí lo hicieron. Nadie nos achuchó con el check-out así que nos fuimos cuando nos pareció. Mientras Gala y yo bajamos a la calle a sacar dinero de un cajero (nuestras opciones de pagar algunas cosas con tarjeta quedaron atrás), Ángela y Carla intentaron localizar al taxista de la noche anterior pidiendo el número en el hotel. A nuestra vuelta de Siberia (es impresionante la temperatura de los cajeros automáticos, una bufanda no sobraría) vimos que los del hotel habían pasado de nuestro culo y que poco más y nos echan a patadas, con lo cual salimos a la calle y paramos dos autorickshaws para que nos llevaran a la estación de trenes. Allí preguntamos por el siguiente tren hacia Datia, el siguiente lugar en donde íbamos a parar, nuestro billete era para bastante más tarde e igual teníamos suerte y no era necesario esperar. Al final llegamos a la conclusión de que no había nada a una hora decente, con lo que decidimos ir a regatear con algún taxista un tour por la ciudad, visitando las cuatro cosillas que tiene además del Taj. Conseguimos un precio decente y nos montamos en el bólido, pasamos de visitar el fuerte rojo, que aunque tenía buena pinta, nos habían dicho que por dentro era muy semejante al de Delhi.
Nuestra siguiente parada fue Chini-Ka-Rouza, para ello tuvimos que cruzar el río y casi toda la ciudad. En ese momento nos dimos cuenta del asco que daba todo el centro de la misma, llena de lodo y mierda por doquier, tráfico, vacas y puestos ambulantes, fue un remember total de Old Delhi. Para cruzar el río, el rodeo que tuvimos que dar fue impresionante. De una se mete el taxi por una calle que lleva hasta una especie de bosque, se para y nos dice al fondo está. Lo que queríamos ver era un viejo templo que venía en la guía, su entrada era gratuita y menos mal porque lo que nos encontramos fue un edificio en ruinas y no muy bonito. Allí, unos viejales a la puerta del edificio, nos intentaron persuadir de no pasear por los jardines, ya que unos supuestos jóvenes malvados estaban borrachos y hacían cosas malas a la gente, pasamos a su lado y no dijeron ni mu, eso sí muy buena pinta no tenían. Lo mejor del sitio la zona ajardinada, las ardillas y que estaba junto al río.
 
 
Chini-Ka-Rouza
 
 
La "belleza" de Agra
 
 
La siguiente visita fue el Baby Taj, cuya entrada (100Rp si enseñas la del Taj Mahal) merece la pena. Para llegar hasta ahí cruzamos por un barrio mucho menos populoso y algo mejor cuidado que el centro, además vimos que estaban montando carpas y equipos de sonido para celebrar algo, nuestro conductor nos contó que se trataba del aniversario del nacimiento del Hare Kristna (o como leches se escriba). El Baby Taj es un templo mucho más pequeño que el Taj Mahal, pero con un encanto del que carece su hermano mayor. Allí nos encontramos con las polacas del tren y allí nos sentamos también a vegetar al amparo del templo. Por último fuimos hasta un parque para ver el Taj Mahal desde el otro lado del río, era posible entrar al parque donde se supone hay ciervos y bichos varios o bien tomar un camino hasta el río para poder echar las fotos gratuitamente. Nos decantamos por esta última opción. El río estaba bastante crecido y no se podía pasear por su linde, con lo que las fotos las tuvimos que hacer desde el camino. Llegaba la hora de comer ya que teníamos que pillar luego el tren, el conductor nos llevó a un restaurante de precio medio en el que no solo servían comida india. Cuarenta y cinco minutos después (otro deporte del país) nos llegó la comida, eso sí, estaba exquisita. Al irnos nos remarcaron que el servicio no estaba incluido en el precio pero la diplomática frase “service too slow” de boca de Ángela hizo que el camarero jurara en todos los idiomas.
 
 
La tranquilidad del Baby Taj

 
Estábamos con el tiempo justo para pillar el tren y el tipo nos quería llevar a casa de su hermano, abuelo y/u otro familiar a intentarnos vender baratijas (otra de las cosas que más les gusta hacer a los indios), me opuse fervientemente y al final nos llevó hasta la estación. Nos pidió la “propina” de 100Rp, que por supuesto no le dimos ya que ya habíamos acordado el precio, y entramos al vestíbulo de la estación. Nuestro tren llevaba retraso, así que tocó esperar. El ambiente de la estación como ya dije es digno de contar, la gente se sienta en los andenes y hace de ellos su propia casa, también hay puestecillos de todo tipo de comida y bebida. Me llamó la atención los carritos vende-plátanos, que para evitar que entraran moscas y mosquitos y se comieran el género, metían dentro papel de periódico y lo prendían, me quedé con las ganas de probar la banana ahumada. La sensación de alienígena se acrecienta en estos lugares exponencialmente, ya que aparte de que aumenta el número de personas, estas son, si cabe, aún más curiosas e inquisitivas, al menos eso decían sus miradas y comentarios ininteligibles. El olor de las estaciones de tren bien merecería un capítulo para poder describir la cantidad de esencias que allí se respiraban, pero solo bastaba echar un vistazo a los andenes para ver que no olía tan mal como debería: vacas esperando su tren, gente meando en cualquier sitio, lavándose los dientes en las vías, por supuesto escupiendo y haciendo del suelo su propio vertedero, los canales que pasaban paralelos a las vías no eran sino ríos de mierda de un color súper apetecible.
 
Llegando a la estación
 
Llegó el tren y nos aposentamos en nuestros sitios, Carla y Gala subieron a las literas de arriba a echarse una siesta (show incluido) y Ángela y yo nos quedamos abajo. Pronto hice amigos de esos de toda la vida que me preguntaron de todo, desde mi país de origen (algo normal) que hasta de qué trabajaba, a cuánto estaba el euro, religión, matrimonio y un largo etcétera, la curiosidad india no tiene límites. Los tíos eran muy majetes y aunque seguro que se echaron unas risas a nuestra costa al final acabaron agarrándome cual amigos y haciéndose fotos con el móvil. El tiempo fue cambiando connforme avanzaba el tren y la lluvia hizo aparición intermitentemente. Fue por ello y porque tampoco teníamos claras referencias de Datia, por lo que decidimos seguir adelante hasta Jhansi y allí pillar transporte a Orchha, se lo comentamos al revisor, pagamos el plus y billetes ampliados.  El diluvio nos acompañó a nuestra llegada a Jhansi y fue salir al vestíbulo y ser acosados por indios que nos querían llevar a Orchha, nuestra intención era pillar un taxi por la que estaba cayendo, pero no nos dejaron avanzar hacia ellos inventándose todo tipo de estratagemas para hacer su negocio. Al final como salía barato, nos metimos los 4 en un autorickshaw y por 200Rp nos llevó hasta Orchaa. El viaje no es lo que se dice corto, 18km en un cacharro de esos son muchos kilómetros. Además el espacioso motocarro hizo que nos echáramos unas risas y padeciéramos un poco de la espalda. Afuera, la cantidad de lluvia era proporcional a la cantidad de vacas en medio de la carretera, es decir, in crescendo. Si a esto le unimos que ra ya noche cerrada, la cantidad de socavones y la conducción india, nos encontramos con un trayecto no apto para todos los públicos.
 
Las 4 sardinas en motocarro

Llegamos al pueblo y callejeando un poco nos dejó en la puerta del hotel que le dijimos, el Shri Mahat, de todos los sitios que estuvimos el mejor en calidad precio. Hicimos el chek-in, pillamos botellas de agua y nos metimos a nuestras respectivas habitaciones. Nosotros nos quedamos charlando y viendo Almight Bruce (Como Dios), fue acabar y quedarnos fritos. A eso de las 3 de la mañana hubo un apagón y de nuevo nuestra sensación de pollo al horno fue de lo más agradable, abrimos las ventanas y vimos que estaba cayendo un tormentón de tres pares de narices, de tanto en cuanto los destellos de los rayos iluminaban la habitación. Al poco tiempo un sonido fuerte, como de un desagüe gigante, se iba acercando, la calle también estaba a oscuras por el apagón y solamente era iluminada por la tormenta eléctrica. De repente dos sombras cruzan por delante del postigo de nuestra ventana y un rayo hizo la escena aún más dramática, parecíamos estar en una película de terror. A los pocos segundos de ver las sombras la luz volvió y sus ojos nos miraban tranquila pero fijamente, un vistazo más allá nos confirmaba que no eran los únicos que nos estaban vigilando, en total dos vacas y cinco cabras habían decidido que la luz de nuestra linterna era algo interesante que seguir…cerramos la ventana y decidimos volver a nuestros sueños, que posiblemente fueron más reales.
 

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Resto de capítulos

Capítulo VIII: Polvo y momos
Capítulo IX: Goodbye, Nepal. Vuelta a la impredecible India
Capítulo X: Sobreviviendo a Delhi
Capítulo XI:Un viernes en Delhi
Capítulo XII: Quemando motores

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